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Chile, ya no estoy aquí

Los aires de septiembre, plagados de clichés patrióticos son un buen pretexto para elevar el volantín mental acerca de la identidad de un país que, como en la película “Gatos Viejos”, se debate entre ráfagas de amnesia y ventoleras de violencia que traen las adicciones (de todo tipo), o de adicción a las violencias (de cualquier índole).



Gatos Viejos, película con guion y dirección de la dupla Peirano y Silva, muestra un retrato familiar que acusa muy bien el refrán zen: “en una gota de agua cabe toda la luz del sol”, ya que es una historia mínima, dura menos de un día (como buena tragedia griega), instalada en un espacio reducido al máximo, un departamento en pleno centro de la capital del país, con una vista protagónica hacia el cerro Santa Lucía, piedra angular de la patria, el que hacia el final de la película se introduce en la trama como un laberinto donde los personajes deambulan tan o más erráticos como si estuvieran “yendo de la cama al living” en casa.


Es decir, el guion emula los preceptos más clásicos de la dramaturgia, haciendo transcurrir la historia en las clásicas unidades de acción, tiempo y espacio (una sola historia, un día, un espacio). Desde el despertar de los protagonistas hasta la tarde, todo transcurre en su hogar, del que forma parte fundamental el principal hito fundacional del país, el cerro Santa Lucía, que parece derramarse por el balcón hacia la sala de estar.


Revista de difusión cultural La Gata de Colette, donde se publicó este artículo.

Esta estructura narrativa permite que la cinta funcione muy bien a la hora de establecer una condensada metáfora audiovisual de la sociedad chilena del Bicentenario (recordemos que fue estrenada el 2010, y permanece vigorosamente vigente), más aún cuando el argumento gira en torno a personajes fácilmente reconocibles en un país donde todo parece indicar que la tasa de suicidios de adultos mayores, así como la de drogodependientes va al aumento.


En el eje del argumento se encuentra Isidora, una anciana (Bélgica Castro), que vive acompañada de su pareja, Enrique (Alejandro Sieveking), y junto a unos viejos felinos que les hacen compañía de manera constante y exigente, como solo los gatos saben hacerlo. Desde el comienzo entendemos que ella comienza a manifestar los signos del deterioro senil que enfrenta con el incondicional apoyo de su pareja solamente, porque la narración nos mostrará a dos hijos… ante los que uno se pregunta si valió la pena haberlos criado.



La anécdota parece simple: Rosario (Claudia Celedón), la hija que vuelve de un viaje anuncia que vendrá al atardecer junto a su pareja, Beatriz (Catalina Saavedra), para traer souvenirs y una sorpresa a la hora del té… sí, a esa hora, como indica el personaje y no a “tomar once”, como la mayoría de los chilenos llamamos al acto de merendar a media tarde. Pero los regalos, más bien excusas charlatanas con forma de jabones sanadores, no son más que el preámbulo para peores sorpresas a las que asistiremos: la decisión de Rosario por sacar la firma de la madre para que le ceda los derechos de propiedad sobre el bien inmueble que habita. Sí, volvemos sobre el tópico de hijos que despojan padres, ocupado desde la Biblia a Shakespeare, que en esta ocasión vuelve a cuestionarnos sobre el sentido de la identidad y de la honestidad de los afectos fundamentales.


Cual corifeo griego que anuncia o cierra las acciones que suceden, las escenas cruciales parten y se cierran con tomas donde los gatos son protagonistas (la ubicación de la cámara, en ambas circunstancias, está a la altura de ellos), gatos obesos, demandantes de cariño, sobrealimentados y encerrados en un desvencijado departamento, donde apenas caben junto a los trastos viejos y los recuerdos amontonados de la pareja de ancianos que les cuidan “a falta de nietos”, como declarará la protagonista en algún momento.


Más apasionante que los personajes de la película, es la vida y trabajo de estos dos genios de las artes, capaces de negarse a trabajos frívolos de la TV, con tal de ser fieles a sus principios.


Como buena obra de arte, la película y su guion tienen varias lecturas y varías líneas de sentido que se pueden seguir, tales como: el discurso sexista; la precariedad de la vejez; la alegoría del agua (que se inicia tenue y hacia el final es todo un desborde felliniano); la decadencia de la burguesía; etc. Pero sin dudas, la trama principal que gira en la relación entre la madre con Alzheimer y la hija cocainómana, es fácilmente legible como las caras de una misma moneda metafórica acerca de la amnesia y la memoria del país, ambas como sendos íconos de una madre patria que se hunde en el olvido, y de unos hijos, que adictos al dinero y a la droga (cualquiera que esta sea), son capaces de abofetear a la madre en público cuando no se les da en el gusto.


Esta línea de interpretación de la película se sostiene fundamentalmente por el uso poético del espacio en medio de esta patética relación filial: el departamento oscuro, aislado (porque su ascensor está estropeado), enfrentado a un exterior luminoso en ese cerro cargado de historia e identidad chilena, un adentro asfixiante y un afuera surrealista, donde podemos ver hasta una coreografía de hombres abejorros filmando un spot publicitario (¿Quizás un guiño a “Las Avispas” de Aristófanes, sátira en torno a los zánganos que lucran con la justicia?).


Trailer de Gatos Viejos


Posiblemente todo lo anterior es lo que nos hace sentir ternura, rabia y desazón ante esta familia que se parece demasiado a una sociedad que “endieciochada”, saca a relucir su discurso del amor a la madre patria, cuando en realidad detrás de muchas de esas declaraciones lo único que se quiere es edulcorar el acto infame de arrebatarle sus posesiones para seguir creando emprendimientos falsos, ventas falaces de pomadas de jabón que sabemos que no sanan ni reparan, que solo devengan utilidades para pocos a costa de muchos incautos que les adquieren.


Así, “Gatos viejos” nos muestra un país, que desde tiempos inmemoriales, desde la época de una capitanía fundada en un cerro, mucho antes de que fuera una república “independiente” hasta el día de hoy, repite una historial de nuevas generaciones rapaces que lo único que nos hacen exclamar, sentados al borde del precipicio del desencanto total, acompañados de alguna incondicional mascota: “Yo ya no estoy aquí”, como susurra casi por todos nosotros, una inmortal Bélgica Castro.

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