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DE CÓMPLICES PASIVOS A CÓMPLICES ACTIVOS

El año 2013, ad portas de los actos conmemorativos de los 40 años del golpe militar, el entonces Presidente Sebastián Piñera acuñó un término, contradictorio en su boca, pero no menos cierto para el análisis de la conducta de funcionarios de la dictadura, en relación a los graves atentados a los derechos humanos cometidos por entonces: “Quienes (respecto de violaciones a los derechos humanos) sabían y no hicieron nada o no quisieron saber y tampoco hicieron nada” pasaron a la historia de este siglo como los "cómplices pasivos" del régimen militar. Reconozcámoslo, ni el más progresista sociólogo se había atrevido a tanto.


Pero no era un engendro lingüístico más del ex Presidente, a los que estábamos ya acostumbrados. La expresión tiene su origen en la obra de Otto Dov Kulka, historiador que sobrevivió a Auschwitz. Ante la pregunta que se hacían varios intelectuales tras la guerra: “¿cuál había sido el rol que el pueblo alemán tuvo frente a la decisión nazi del exterminio de los judíos?”. Kulka rechazó la teoría de la aparente neutralidad indiferente del pueblo alemán y propuso el concepto de complicidad pasiva.


Kulka señaló que los alemanes internalizaron los prejuicios y estereotipos sobre los judíos, difundidos por los nazis durante los años previos a 1933. A juicio de Kulka, el pueblo alemán prefirió no cuestionar todas las imputaciones en contra de los judíos, porque en gran medida se había convencido de ellas. Había normalizado, naturalizado toda descalificación hacia ellos. Y así, al apartarse sicológica y emocionalmente de la suerte de personas de otro origen étnico, el pueblo alemán había permitido tácitamente la “Solución Final” del Holocausto.


De ahí viene la idea de cómplices pasivos. De la tolerancia tácita del crimen porque se ataca a quienes ya se ha deshumanizado, caricaturizado o asumido que no tienen valor o son una amenaza o responsables de algo que nunca queda bien claro.


Por otra parte, la destacada filósofa Hannah Arendt, acuñó el término de Banalidad del mal, para referirse a la indolencia del criminal de guerra Adolf Heichmann, quien aducía que “simplemente obedecía órdenes”. Asesinar a millones de seres humanos sin cuestionar la validez moral de la orden era para Arendt la banalización del mal, la frivolización de la obediencia, la renuncia a los más propiamente humano: la capacidad de pensar y distinguir lo bueno de lo malo. Para Arendt, Eichman representaba la encarnación del abandono de la primera función que debe cumplir alguien consigo mismo: cuestionarse, pensar.


Hannah Arendt


A 90 años del triunfo del partido nazi en Alemania con un 43,9% de la votación que llevó a Hitler a tomar el poder absoluto; a 75 años de la declaración universal de los derechos humanos; a 50 años del golpe militar de Pinochet que devino en la tortura, desaparición y muerte de miles de compatriotas, el deber ético y moral de todo funcionario público es manifestar expresamente su adhesión y compromiso con la democracia y con los derechos básicos de todas y de todos las personas por las cuales velan desde el cargo que les provee su asegurado sueldo.



A unos cien metros de distancia, una "animita milagrosa" dedicada a un mito religioso argentino junto a un recordatorio de los obreros y campesinos chilenos asesinados para el 73. Las peligrosas preferencias de memoria se hacen notar. Un pueblo que rinde culto a una leyenda y deja en descuido su historia. Una triste metáfora de adónde nos lleva la falta de cultura cívica. Una imagen para reflexionar seriamente en el relato sin memoria histórica que se ha instalado en medio siglo.


Tal es así que hasta el mismísimo ex Presidente Piñera lo ha manifestado adhiriendo públicamente al documento “”Por la democracia, siempre” que ha propuesto el actual Presidente Boric, hecho que ha provocado escozor entre los cortoplacistas del oficialismo y de la oposición. Es cierto que pueden caber algunas dudas respecto de supuestas aviesas intenciones, no seremos ingenuos; pero nadie tiene la facultad de juzgarlas mientras no se demuestre algún supuesto mezquino interés. Dejemos que el tiempo revele y/o juzgue.


El hecho es que las máximas autoridades del país, saliendo de sus tiendas políticas han acordado públicamente su adhesión a la defensa de la democracia, el respeto a la Constitución, las leyes y el Estado de Derecho. Un acto visible y amplificado por los medios de comunicación como gesto necesario de hacer de la defensa y promoción de los derechos humanos un valor compartido por toda nuestra comunidad política y social, sin anteponer ideología alguna a su respeto incondicional.


No obstante, con perplejidad vemos que hay una complicidad pasiva, e incluso activa a estas alturas de la historia, en todas aquellas autoridades que formando parte del aparato del Estado, con su silencio avalan las tropelías cometidas en contra de los derechos humanos. Pareciera que no han comprendido en nada la importancia de alertar, educar en torno a la memoria histórica de nuestro país y de la importancia de los derechos humanos como el eje de una sana democracia.


Mapa con las principales avenidas, calles y monumentos dedicados al Presidente Allende en Europa. (2023)


Con escandalizada incredulidad vemos a autoridades electas y a otras designadas por esos elegidos por el voto de la centro izquierda “tomar palco” frente a la conmemoración del medio siglo de impunidad sistémica que tiene la dictadura en Chile. Nos parecería comprensible si fueran personeros ligados a la extrema derecha. Pero no. Es francamente vergonzoso que haya autoridades en el mapa nacional de la coalición del actual gobierno que endosen la responsabilidad de la memoria y de la educación en cultura cívica a agrupaciones de víctimas, partidos políticos u organizaciones gremiales.


Es y será una afrenta a la memoria de los asesinados por el Estado en cada territorio donde la máxima autoridad local no active un protocolo mínimo de conmemoración y promoción de los derechos humanos como un valor compartido por toda la comunidad política y social del lugar.




Con su ominoso silencio, a los que ayer podíamos quizás eximir como cómplices pasivos, hoy debemos acusar directamente como cómplices activos del negacionismo que quiere imponer el neo fascismo surgente. El pecado de omisión existe reconocido hace milenios y lo mantienen vivo todas aquellas autoridades que no tomaron la iniciativa para la conmemoración del medio siglo del luctuoso septiembre del 73.


A los que hoy miran hacia el lado, a los que delegan su responsabilidad de conmemorar y educar, a los que apelan a "falta de recursos" (no sé qué tan caro pueda ser un minuto de silencio en un ágora edilicia), a los que normalizan que el 11 de septiembre es una fecha del pasado o de un solo sector político, a los que se esconden detrás de un celebración dieciochera de dudosa estética folclórica: para ellos pido ni perdón ni olvido.



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