Cuando un pueblo chileno encontró su eco en México
La memoria y la identidad se levantan a partir de territorios afectivos que nos habitan

Escuchar El día del juicio en las voces de actores y actrices mexicanos fue una experiencia decisiva para mi escritura.
El día del juicio o La Maestranza es uno de esos textos que ha acompañado mi escritura durante décadas. Su origen se remonta a mediados de los años noventa, cuando apareció apenas como una serie de poemas y fragmentos dispersos. Con el tiempo encontró su primera forma dramática y, hacia 2004, fue presentado en una lectura dramatizada organizada por la Asociación de Dramaturgos, en la Sala Proyecto Ícaro de Santiago, en una puesta en espacio dirigida por Cristian Navarrete.
Después de permanecer varios años guardado, el texto volvió a abrirse. Fue reescrito, depurado y reconstruido hasta alcanzar una versión madura alrededor de 2015. La historia transcurre en Maestranza, un pueblo ficticio que condensa la memoria, el imaginario y las contradicciones de los pequeños poblados del valle central chileno. Allí convive una familia marcada por afectos, silencios y fracturas cotidianas, atravesada por un paisaje sonoro donde las rancheras, los corridos y las cumbias norteñas forman parte de la vida diaria.
El punto de partida es una anciana con Alzheimer que, en los últimos pliegues de su memoria, habla únicamente con giros y acento mexicano. Esa extraña deriva del lenguaje no busca el realismo, sino revelar cómo la memoria y la identidad pueden construirse a partir de los territorios afectivos que habitamos, incluso aquellos creados por la música, la radio o la imaginación.
Una de las experiencias más decisivas en la vida de este texto fue su lectura dramatizada en Ciudad de México por la compañía LaBé Pro Escena. Escuchar a actrices y actores mexicanos interpretar naturalmente un texto escrito por un autor chileno, ambientado en un pueblo del sur del mundo, produjo un inesperado efecto de autenticidad. Aquella resonancia confirmó que la obra habitaba un espacio cultural compartido, donde las fronteras entre Chile y México parecían desvanecerse.
Esa experiencia también transformó mi propia relación con la obra. Comprendí que la historia necesitaba respirar con otro ritmo y que el formato dramático comenzaba a resultarle estrecho. Desde entonces, Maestranza inició una nueva mutación: la dramaturgia fue dando paso a la narrativa, hasta convertirse en el germen de una novela actualmente en desarrollo en su primera versión acabada, El juicio final, donde ese mismo universo rural continúa expandiéndose con mayor profundidad y amplitud.