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Aprender a morir

¿Qué sentido tiene la muerte en nuestra vida cotidiana? ¿Pagaríamos por aprender a morir? ¿Qué daríamos por encontrar un maestro que nos enseñara el secreto para asumir con serenidad la muerte?. Estas preguntas que, de un modo u otro, nos habremos formulado alguna vez, encontraron forma magistral en una obra de teatro hace algunos años: “Últimas palabras de Copito de nieve” (2004), compuesta por el dramaturgo español Juan Mayorga, quien hiciera mayor noticia cuando pasó a integrar la Real Academia de la Lengua Española; sí, esa que supervisa el correcto uso del lenguaje, ese sofisticado invento humano que (se supone), nos debiera comunicar entre nosotros, mejor de lo que creemos que hacen los animales entre ellos.




Los méritos de Mayorga sobran para llegar a tan alto puesto. Autor prolífico en el panorama de la dramaturgia europea, hace casi quince años puso en tela de juicio el sentido que le damos a la muerte, y con ello a nuestras vidas, en boca de Copito de Nieve, el protagonista de una fábula inspirada en la noticia de fines del 2003, que remeció a la prensa internacional dedicada a temas de animales y zoología: Era inminente la muerte por un cáncer terminal del gorila albino, único en su especie, prisionero en el zoológico de Barcelona. En la ciudad más cosmopolita de España, en el ícono del modernismo europeo, moría el que había llegado a convertirse en un hito turístico de la ciudad, tan obligatorio como la inacabada catedral de Gaudí.


Copito de nieve, icono de Barcelona

Ante su agonía, después de 40 años de cautiverio (toda su vida), los medios hicieron un show mediático que generó una anticipada sensación de duelo y quizás de culpa social del que era difícil abstraerse. Frente a su jaula pasaron miles de humanos consternados ante la evidencia de algo que no se acepta fácilmente: la muerte es la única vía a la libertad para quien ha vivido en cautiverio toda la vida.


La condición de Copito se transformaba en metáfora de cada una de las vidas que pasaban ante su prisión ¿cuánta libertad real tenemos? ¿Cuán dueños de nuestras vidas somos en verdad?.

Con la genialidad que le caracteriza, Mayorga, quien ha hecho del mundo animal una estrategia recurrente para hablar de las debilidades humanas, convirtió al ya extraño personaje que era ser un gorila albino, en un experto filósofo que habla con la sabiduría que tantas veces hemos visto en la mirada de los primates, o de nuestras mismas mascotas.


Al borde de la muerte, El Mono Blanco (nombre del personaje en la obra), reflexiona en escena sobre cuestiones éticas fundamentales que, como de costumbre, no nos importan a los humanos sino hasta que nos afectan gravemente, cuando la vida aparece como un sinsentido si se le ha derrochado sin conciencia del maravilloso prodigio de estar vivo, en un universo en el que perfectamente podríamos no haber existido.



Juan Mayorga


Al comenzar la obra aparece el Mono Blanco a cargo de un celador que le asiste en todas sus necesidades, tratado como un rey (rey de la industria turística que tan buenos dividendos deja a la ciudad). El albo protagonista está consciente de que a pesar de sus privilegios es un prisionero, un ser sin libertad, forzado a desempeñar un rol terrible para poder sobrevivir. Un reo en jaula de oro: un saltimbanqui empleado para la risa de otros.


El guardián anuncia que el Mono Blanco quiere hacer unas declaraciones finales antes de su muerte, algo así como un testamento para la ciudad que le ha acogido -prisionero- toda la vida y le cede la palabra, pero el discurso del primate protagonista no es el de cualquier animal, es el de un animal ilustrado, de un sabio filósofo que está consciente que ha sido separado de los suyos, que se da cuenta de que está en sus últimos momentos y que ya no tiene nada que perder. Ha descubierto que “filosofar es aprender a morir”, que de acuerdo con Montaigne, cree de la muerte que “por mucho que te ocultes, ella te sacará de tu escondite… ella siempre sabrá sorprendernos” y por lo tanto no hemos de temerla, por inevitable, por desconocida, porque ya estuvimos en ella: “tan tonto es llorar porque en cien años no viviremos como llorar porque no vivíamos hace cien años”.


Lentamente, un animal agonizando nos revela como la muerte nos empata a todos, carceleros y encarcelados, mostrando la vanidad de todas las cosas y afanes bajo el cielo, como diría Salomón, el más sabio de los antiguos.

Así, mientras se va apagando su voz, un desencantado simio llega a confesar, en un momento final de máxima libertad, que nunca le han gustado sus visitantes, ni siquiera los niños, pero que ha representado su papel como un actor profesional que sabe que de su talento depende su sobrevivencia : “Nunca os he querido… no era amor, era miedo. Pero ya no tengo nada que temer”. Como todas las verdades funcionan como un bisturí que abre la piel de quien lo recibe, esta verdad provoca reacciones en el guardia que desea salvaguardar la imagen y prestigio del zoológico y procede a acelerar la muerte de tan pensante animal. Pero ya es tarde, hemos recibido el mensaje: ¿vale la pena vivir si no se puede ser libre para ser uno mismo? ¿De qué vale vivir fingiendo amor si lo que en verdad nos alienta es el miedo?. Entonces, cae el silencio sobre el zoológico escenario del mundo: ¡el sabio ha muerto! ¡larga vida al animal!


Para profundizar: una entrevista a Juan Mayorga


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