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El fin del mundo

“Al final de este viaje en la vida quedará

nuestro rastro invitando a vivir”.

Silvio Rodríguez


El fin del mundo no será “ limpio y ordenado como el cuaderno del mejor alumno del curso”, como imaginaba Jorge Teillier, ni menos como lo quisiera cada uno de nosotros, porque el fin del mundo, ese que conocíamos, ya sucedió.


Ocurrió antes de que una supuesta sopa de murciélago envenenara nuestros días. El virus solo fue el fin de fiesta de un mundo que se venía descomponiendo hace rato. Las mascarillas, la vigilancia, el encierro y la distancia llegaron para bautizar el mundo después de su final. Ni mejor ni peor, como toda la historia de la humanidad, simplemente distinto, como todas las eras se han sucedido unas a otras.


Mujer con mascarilla durante la llamada "Gripe española" (fotografía HULTON DEUTSCH - GETTY)

No habrá un día después de la pandemia, porque el virus no se va por decreto, ni por exorcismos religiosos o políticos, ni siquiera científicos. Una mañana de estas cada uno despertará y se dará cuenta de que efectivamente todo cambió, aunque todo parezca permanecer igual. No será la misma mañana para todos, es una mañana privada, o una tarde, o cualquier instante en que se desliza por tu cuerpo la certeza de que el mundo mutó, como todos los organismos vivos, aunque “las palomas y los gorriones siguen peleando por la avena en el patio” (J. Teillier). Le llaman Epifanía a esos momentos de revelación y no siempre son tan gozosos como se quisiera. Es que a la verdad, como a los eclipses solares, no se le puede contemplar sin tomar precauciones.


Máscaras y Carnaval. Las máscaras de los médicos del siglo XVII se convirtieron en icónicos personajes de la Comedia del Arte. (fotografía GETTY)

¿Qué se llevó la pandemia, qué nos trajo? La denominada "Gripe española" de 1919, aparejada con el fin de una carnicera guerra mundial, transformó la sociedad en la década que le sucedió. Terminó de morir el siglo XIX y la necesidad de olvido de penurias, trajeron los locos años veinte para los sectores privilegiados, que los vivieron sostenidos por la especulación financiera que acabó en la Gran Depresión, el advenimiento del fascismo y una Guerra Mundial peor que la anterior, promovida por los señores de la guerra (algunos les llaman políticos, otros empresarios, financistas, ideólogos, especuladores, asesores de gobierno o “todas las anteriores”), esos que inventan relatos para mantener a su favor la economía que los sostienen.


Hoy la ciencia nos demostró que no somos una humanidad tan desamparada, ante una amenaza biológica. En tan solo unos meses, la tecnología de los laboratorios nos proveyó de vacunas, algo impensable hace unas décadas. Sin embargo, los muertos son muchos millones más de los que la medicina hubiera pronosticado, no porque los profesionales de la ciencia y de la salud no pueda detenerlo, sino por las pésimas y mezquinas decisiones de quienes detentan el poder. Baste pensar en la tragedia de Brasil, constituido ahora en amenaza mundial por obra de su mandatario.


La llegada del VIH marcó profundamente el modo de vivir la sexualidad hasta el día de hoy.

El fin del mundo no fue ocasionado solo por una variante biológica, sino por la peor de las variantes, la del egoísmo amplificado a una estructura de mal que se esparce como una invisible película viscosa que impregna todo: el mercado, el que parece que ha sobrevivido a todas las pandemias, como indica el destacado historiador Yuval Harari en un reciente artículo de prensa.



“¿Qué sería de la vida, si no tuviéramos el valor de intentar algo nuevo?” se preguntaba Vincent Van Gogh.

¿Qué será de nosotros si no somos capaces de renunciar al mundo que conocíamos? ¿No sería más inteligente despedirlo, renunciar a esa vida a la que habíamos llamado “normal”? Como todos los cambios, vendrá con mucha incertidumbre, esa bestia difícil de domeñar, que se despierta hambrienta por las noches y nos arrebata el cuerpo para llevarlo a los espejismos del insomnio. Pero no por ello, las horas marcharán en reversa, ni dejaran de suceder las secuelas sanitarias, económicas, sociales y sicológicas de este par de años.



Serán tiempos de desconfianza, de sospechas, de perplejidad, porque habrá que desaprender para aprender a vivir de nuevo. Históricamente después de las grandes catástrofes, el mundo muere, el mundo nace. ¿Alguien sensato se aferra a la costra purulenta de una herida, sabiendo que la infección se agrava mientras las horas pasan? Aferrarse a la vida como se le conocía antes, solo provoca más dolor y aumenta la oportunidad para que quienes sí lo acepten y entiendan rápidamente tomen una peligrosa delantera, porque lamentablemente son los mismos que destruyeron el mundo anterior.


Fin del mundo

Jorge Teillier


El día del fin del mundo será limpio y ordenado como el cuaderno

del mejor alumno del curso. El borracho del pueblo dormirá en una zanja, el tren expreso pasará sin detenerse en la estación y la banda del regimiento ensayará infinitamente la marcha que toca hace veinte años en la plaza. Sólo que algunos niños dejarán sus volantines enredados en los alambres telefónicos para volver llorando a sus casas sin saber qué decir a sus madres, y yo grabaré mis iniciales en la corteza de un tilo sabiendo que eso no sirve para nada. Los amigos jugarán fútbol en el potrero de las afueras.

Los evangélicos saldrán a cantar a las esquinas. La anciana loca paseará con quitasol. Y yo diré para mí mismo: “El mundo no puede terminar porque las palomas y los gorriones siguen peleando por la avena en el patio”.


BONUS TRACK:

Artículo completo de Yuval Harari: Aquí

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