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El nombre que no se pronuncia

  • 8 jun
  • 4 min de lectura

Poner un nombre en la fachada de un edificio público no es un acto administrativo. Es una declaración de identidad. Dice quiénes somos, a quiénes consideramos dignos de permanencia, qué entendemos por memoria. Y como toda declaración, puede ser sabia, puede ser generosa —o puede ser un error que tarde o temprano alguien tendrá que corregir.


Poner un nombre en la fachada de un edificio público no es un acto administrativo. Es una declaración de identidad.
Tres grandes nombres sin reconocimiento en su cuna: Manuel Francisco Mesa Seco, Eusebio Ibar Schepeler, Emma Jauch Jelves.

Esta semana, un juez federal en Washington ordenó retirar el nombre de Donald Trump de la fachada del Kennedy Center, el principal teatro o centro de artes escénicas de los Estados Unidos. El Congreso, estableció el magistrado, dio al Kennedy Center su nombre, y solo el Congreso puede cambiarlo. Las letras doradas que lo cubrían, impuestas por decreto y conveniencia política, deberán desaparecer. Lo que parecía un hecho consumado resultó ser apenas un paréntesis. Los nombres mal puestos tienen una extraña tendencia a caerse solos.


Traigo este episodio a colación no por analogía política —los contextos son incomparables— sino por lo que revela sobre una verdad universal: los espacios culturales tienen una memoria propia que resiste la nombradía ocasional. Un teatro no es una pared disponible para quien tenga más influencia en el momento justo, ni un mural de propaganda de sus benefactores. Es un archivo vivo de la comunidad que lo habita.


El Teatro Municipal de Constitución está a punto de recibir un nombre. Se habla de una persona cuyo trabajo fue en su momento apreciable, sin ninguna duda, y cuyo recuerdo ya tenía o aún tiene un lugar propio: el salón de actos de la Corporación Cultural que lleva su nombre. Honrar dos veces al mismo nombre en el mismo ecosistema institucional no es generosidad: es redundancia. Y la redundancia, en cultura, siempre señala algo que no se está diciendo.


Hay un amor que no dice su nombre.


Lorca —en este año en que el mundo conmemora los noventa años de su asesinato— lo sabía mejor que nadie: lo que se calla en voz alta suele gritarse en los actos. Y hay actos culturales que son, en el fondo, actos políticos disfrazados de homenajes culturales. Que un poeta asesinado por el fascismo, al que recordamos a nivel internacional, nos recuerde nombres y amores nos lleva a preguntar en voz alta: ¿por qué no se menciona a Emma Isabel Jauch Jelves? Nació en Constitución en 1915. Poeta, narradora, pintora. Fundó el Museo de Arte y Artesanía de Linares, integró la Academia Chilena de la Lengua, ganó el Premio Pablo Neruda de la Sociedad de Escritores de Chile, y fue declarada Ciudadana Ilustre de esta ciudad en 1994. Enrique Villablanca escribió que ella representa "con mayor propiedad la tradición poética del Maule". Hoy su nombre circula más en repositorios académicos que en las calles del lugar que la vio nacer.


¿Por qué no se habla de Manuel Francisco Mesa Seco? También nacido aquí, en 1925. Poeta, dramaturgo, ensayista, crítico literario. Fue el primer escritor de provincias en acceder a un sillón en la Academia Chilena de la Lengua. Dedicó dieciocho libros a la poesía. Cantó al río Maule con una fidelidad que pocos territorios merecen de sus hijos. Y sin embargo, si se le pregunta hoy a los vecinos por su nombre, pocos sabrán quién fue. Eso no es olvido inocente. Es el resultado acumulado de decisiones como la que ahora se discute.


La caída de un nombre apresurado
La caída de un nombre apresurado

Desde Astilleros Teatro Maucho, estamos construyendo una práctica escénica que lleva en su propio nombre una declaración: los astilleros fueron el corazón productivo de esta costa, la identidad de los que construían con madera y agua algo capaz de navegar. Ese nombre no es decorativo; es patrimonial. Es una elección que dice dónde estamos parados y hacia dónde miramos como Mauchos. Eso es lo que debería hacer el nombre de un teatro municipal: anclar a una comunidad en su historia más profunda, no en su coyuntura más cercana.


Un teatro con el nombre de Emma Jauch o de Manuel Francisco Mesa Seco sería, cada vez que alguien lo pronunciara, una pequeña lección de historia cultural. O incluso el de Eusebio Ibar Schepeler —poeta, dramaturgo y maestro nacido acá, ganador del Primer Premio en el Concurso de Teatro Chileno, cuyas obras premiadas nunca llegaron a estrenarse, y sobre quien Emma Jauch escribió el único ensayo que hoy lo rescata del olvido—. Su nombre figura apenas en la puerta de una biblioteca escolar.


Tres nombres nacidos aquí. Tres silencios institucionales. Una sola conclusión: la gestión cultural no necesita corbata para ejecutarse. Necesita estudios y autoridad merecida. La decisión todavía puede corregirse. Sería preferible que ocurriera por convicción cultural, y no por espurias razones, o por la ignorancia tremenda -muy lamentable, por cierto- de quienes tienen la misión de velar por el cuerpo social de un territorio, cuyo espíritu siempre es lo que llamamos su Cultura (eso que no admite recortes, porque un cuerpo con alma recortada es un cuerpo muerto).

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Providencia, Región Metropolitana,
Constitución, Región del Maule
Chile

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