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En Milán, la verdadera historia de la Camiseta Roja chilena.

Convertir la memoria en brindis

Presentar Maglietta Rossa en Milán significó llevar una historia profundamente chilena al corazón de una de las capitales mundiales del diseño y la creación contemporánea.

En 2016 fui invitado a participar en Evento Segreto, un ciclo de creación escénica realizado por el colectivo qie lleva el mismo nombre, cuya principal característica es que el público sólo conoce una pista sobre la experiencia que vivirá. Cada edición se organiza en torno a un tema y los asistentes reciben una sencilla instrucción antes de ingresar.

Aquella versión llevaba por título Maglietta Rossa ("Camiseta Roja"). La invitación pedía asistir vestidos de rojo —una camiseta, una camisa o cualquier prenda de ese color— y llevar una raqueta de tenis. Nadie recibía más explicaciones.

La clave remitía a un episodio ocurrido durante la final de la Copa Davis de 1976, disputada en Santiago en plena dictadura militar chilena. La realización de ese encuentro provocó una fuerte controversia en Italia: numerosos sectores exigían no viajar a Chile como protesta por las violaciones a los derechos humanos cometidas por el régimen de Augusto Pinochet. Finalmente, el equipo -en particular su capitán- decidió competir.

Tras conquistar la Copa Davis, los jugadores italianos recibieron el trofeo vistiendo camisetas rojas. Aquel gesto fue una manifestación de solidaridad con quienes sufrían la represión de la dictadura chilena, en particular con el partido comunista En Chile, sin embargo, la prensa oficialista desactivó su significado político, atribuyendo el color rojo a una referencia deportiva a la camiseta de la selección chilena y silenciando el contexto en que había sido realizado.

En Italia, en cambio, ese equipo fue recibido como un símbolo de orgullo nacional. La victoria de 1976 marcó un punto de inflexión para el tenis italiano y quedó grabada en la memoria colectiva mucho más allá del resultado deportivo.

Comprendí el alcance de esa historia sólo al finalizar la función. Ver a todo el público vestido de rojo, sosteniendo una raqueta de tenis, fue entender que el verdadero escenario no era únicamente el espacio de la representación, sino también la memoria compartida de un país. Mi intervención buscó dialogar con ese episodio, preguntándose cómo un mismo gesto puede ser celebrado como símbolo de dignidad en un lugar y, al mismo tiempo, ser vaciado de su significado en otro.

La experiencia confirmó que el lenguaje artístico puede atravesar fronteras culturales y generar diálogo incluso en contextos muy distantes de su origen.

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