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El perro del hortelano

La rutina es el hábito de renunciar a pensar.

José Ingenieros


Dicen que el perro del hortelano normalmente es un bruto carroñero al que un anónimo granjero adopta, y que en gratitud se convierte en el guardián que no come ni deja comer a nadie que se aproxime al huerto. Sin darse cuenta, se convierte en una bestia que entra en un loop suicida, donde morirá de hambre cuidando intereses ajenos.

Reproducción digital facsímil del impreso original de El perro del hortelano. Conservado en la Biblioteca Nacional de España.


Una patética caricatura


Inmortalizado por el gran Lope de Vega, en la comedia del mismo nombre, el perro es ese impulso egoísta de no permitir que otros gocen de lo que la protagonista no puede gozar. Evidentemente el "Fénix de los Ingenios" lo tuvo que escribir en clave de comedia. Como drama, adquiriría ribetes de tragedia.


Esta conducta arquetípica de la mediocridad, del egocentrismo y la inseguridad, más de alguna vez la hemos reconocido en alguien que se comporta como dicho can, pero que obedece a un amo más cruel que un hortelano: su propia vanidad. Esclavo ciego de su insignificancia, este personaje segundón hasta de su propia farsa, va obedeciendo impulsos irrefrenables de envidia y frustración.


Caricatura patética de la ambición, se comporta como rey del huerto, sin saber que, como en el cuento de H. C. Andersen, en su reinado imaginario va desnudo, solitario e inspirando lástima, sin que nadie se atreva a gritárselo a la cara.


Una versión interesante, donde la protagonista movida por los celos y la envidia, igual que en el original, hace todo lo posible para lograr su objetivo. Adaptación cinematográfica de la obra de Lope de Vega, que respetando el texto (¡en verso!), obtiene una muy bien lograda vigencia: Obtuvo siete premios Goya.


Un perro más peligroso de lo que se cree


Pero para bailar el tango se necesitan dos, dice otro refrán. Para que haya un perro así se necesita de quienes le teman y se dejen apabullar por su melodramática puesta en escena de custodio no invocado.


Una de las acciones más graves de los perros de huerta es mantener la huerta aislada, incomunicada. En el mundo contemporáneo, se apropian incluso de las llaves que permiten el acceso a la granja digital.


Muchas veces, este desarrapado mastín sin honor desata uno de los cuadros de mayor gravedad patológica psicosocial: el síndrome de Estocolmo. Misterioso fenómeno por el cual los rehenes comienzan a identificarse con su captor. En este caso, quienes a pesar de estar famélicos y ansiosos por probar los frutos de la huerta, empiezan a justificar y perdonar al perro: no son capaces de expulsarlo de la granja, de sacarlo a palos como se merece. Hasta celebran con él las fiestas de la cosecha, esa donde no hay frutos ni hay mucho que celebrar.


Un perro que domestica a los humanos


Hannah Arendt, la incombustible filósofa contemporánea, hablaba de la "banalidad del mal", que define (muy en síntesis), como la renuncia a lo más profundamente humano que tiene cada persona: su capacidad de analizar, cuestionar y oponerse a la maldad.


Arendt, viendo al criminal de guerra Adolf Eichmann, se da cuenta de que es un tipo mediocre, anodino, de frases cursis. En su pequeñez permitió la muerte de millones de seres humanos en los campos de exterminio nazi. Él decía que solo obedecía órdenes. Sin cuestionar, como el perro del refrán. capaz de matar de hambre a quienes llegan al huerto.


Las atrocidades de Eichmann ocurrían tras su amable apariencia mientras toda la población miraba hacia el lado, quizás víctimas del síndrome de Estocolmo; o lo que es peor, compartiendo la renuncia a pensar de la que habla Arendt ¿Quizás el miedo a la libertad que enuncia Fromm? ¿Quizás el fascismo de verdad es una patología social contagiosa?


El perro del hortelano transforma las culturas locales en "oncecita" (designación chilena a la merienda), para personas jubiladas de buena fe e incautas.


Más que un perro, un lobo agazapado


Cuando alguien ha hecho una apuesta seria por el activismo cultural, está obligado moralmente a denunciar a estos lebreles de la muerte que, hoy por hoy, saben cebarse de la vulnerabilidad de otros, tales como adultos mayores, personas con baja escolaridad, personas solas, menores, etc. Y que con su accionar mañoso y narcisista privan de desarrollo cultural a toda una población.


Es una impudicia andar de agente cultural dejando con desnutrición mental a los demás.

En el medio artístico y cultural, estos galgos suelen instalarse en organizaciones culturales, educativas, gubernamentales y/o privadas impidiendo el desarrollo estructural constantemente. Más todavía en poblaciones acotadas de pueblos y pequeñas ciudades, donde muchas veces se confunden las Artes y la Literatura con una baladí pasamanería del ornato kitsch de la política local.


Este perro se instala a sus anchas en localidades donde su aparente mecenazgo monta un teatrillo de las vanidades; pero que solo esconde su deseo de manipular emocional y socialmente a sus contertulios, hasta convertir el desarrollo artístico en un pueblerino "tea party", donde todo intento de innovación o renovación es rechazado sin conocer los beneficios de adaptarse a nuevas formas de accionar.


Nada menos acomodaticio que el ejemplo de activismo cultural que nos precede. Federico García Lorca se lanza a los caminos de España a mostrar el teatro a quienes están más lejos de él: campesinos y obreros de un país que necesitaba urgente despertar su conciencia. Generosidad a manos llenas, lo más alejado del perro de marras.


Lo peor no es que existan esos quiltros de mala muerte, es que se les permita existir, que las organizaciones sacrifiquen su razón de ser y su crecimiento, con tal de mantener la paz del recinto, que muchas veces no es más que la paz pútrida de los sepulcros blanqueados con cal que hay en los cementerios.


Al perro del hortelano le interesa mantener el amateurismo artístico


El profesionalismo de las artes no le interesa a ese aspirante a cerbero, prefiere reducir a los merodeadores de la huerta con el folklorismo de la pobreza. Jamás va a propiciar el desarrollo de una industria cultural que mueva la economía y por ende, cuestione la estructura de poder donde él participa.


Aunque se inmiscuya en huertas profesionales o profesionalizantes, lamentablemente la mediocridad de este galgo cebado termina por contaminar todo el aire. El halo de la cosa mal hecha, ordinaria, mediocre y ramplona que le caracteriza termina contaminando toda creación que se pueda dar a su alrededor.


Los grandes creadores de las Artes y Letras de Chile han debido luchar contra la mediocridad de los quiltros de la copia feliz del Edén.


No está de más recordar que las artes y las letras no son una decoración que no molesta, inocua, como quieren aquellos interesados en que nada se cuestione y menos que cambie (aunque vayan por la vida de progresistas).


Por esto, todo aquel que se declare agente cultural debe velar porque la cultura, las artes y las letras lleguen a donde pertenecen en su sentido político más profundo: la comunidad y ojalá a la mayor cantidad. Lo sabemos, pero nos falta ladrar más fuerte que esos perros capaces de morir de hambre con la satisfacción de haber dejado morir a otros.


Bonus track


Si te interesa profundizar más, descarga el Libro de Erich Fromm en PDF:

04.-Erich-Fromm-El-miedo-a-la-libertad
.pdf
Descargar PDF • 1.22MB

Fragmento de la película que retrata la lucha de Hannah Arendt y en la que muestra su teoría: "el mayor mal del mundo es el cometido por los don nadie"

(Más mujeres como ella, por favor.)


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