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"Nada que valga la pena"

“Aparte de lo seleccionado, acá no hay nada que valga la pena”, declaraba en un diario el 2002, el por entonces muy altivo Director de la Muestra de Dramaturgia Nacional. No consideró que entre los que habían enviado textos y participado del proceso estaba toda una generación emergente de dramaturgos, que venían con una nueva sensibilidad social, con búsquedas estéticas y perfeccionando técnicas en talleres y cursos de manera constante en los romantizados años 90 y que constituyeron la generación de recambio en la escritura para la escena.


Afiche de uno de los más osados Off que se realizaron: feminista y en la semana del 11 de septiembre. 2007

Decir que no hay nada que valga la pena, para calificar los procesos y resultados artísticos es, por lo menos, una arrogancia propia del siglo pasado. Quizás deficientes, quizás procesos en desarrollo, pero que no valieran la pena aquellos trabajos, era una adjetivación excesiva, pedante, desmotivadora e incluso innecesaria. Esto, más el profundo cuestionamiento que nos merecían los medios de producción teatral imperantes, los mecanismos de selección y producción de las obras seleccionadas, del concepto mismo que articulaba la única instancia financiada por el Gobierno para dar a conocer la dramaturgia, permitió que se dieran las condiciones para que se diera en Chile el Primer Off teatral: el OFF DRAMATURGIA CHILE, como le llamamos a ese momento señero en la historia del teatro contemporáneo chileno.


La prensa de la época, bastante escépctica, comenzó a dar cobertura a esta iniciativa tan particular

El trabajo siempre anónimo y constante de quienes destinan horas, semanas y hasta años puliendo un texto que será evanescencia escénica en, a veces, sesenta minutos de montaje, había que valorarlo y repensarlo. Junto a Lucía de la Maza y Mauricio Barría, convocamos a los dramaturgos Flavia Radrigán, Benito Escobar y Marcelo Sánchez, que habían participado en el concurso sin ser seleccionados, para crear un evento teatral independiente y paralelo a la Muestra de Dramaturgia Nacional, que un muy reputado crítico de teatro, ese mismo año, calificaba de “madura”, pero a quienes estábamos involucrados en la dramaturgia no dejaba de parecernos un método autárquico y poco viable para visibilizar el oficio de la escritura para la escena teatral.



Partíamos el siglo problematizando el oficio del dramaturgo: ¿se restringía a la soledad ante el teclado? Obviamente que no. Las distintas metodologías de composición dialogaban con otras artes y disciplinas: música, performance, dirección escénica, actuación, artes visuales, investigación social, literatura, filosofía, etc. Y entre ellas, de manera tangencial, llegábamos a las técnicas y conocimientos de la Producción, que no podían estar ausentes, u ocultas como un invisible censurador económico a la hora de escribir.


Porque el gran muro a derribar es la producción que se requiere para poner un texto en escena, comenzamos estableciendo mecanismos de generación de recursos desde otros ejes: la solidaridad, el compañerismo, el colectivismo. Apoyados en esta aventura por Andrea Pérez de Castro y Felipe Valdés, administradores de la ya mítica y pionera Sala Galpón 7, ubicada en Chucre Manzur, en barrio Bellavista, comenzó el desfile de escenografías, trueques de utilerías, equipos técnicos y todo lo que fuera necesario para levantar una muestra que sin recursos, se sostenía sobre la convicción de que sí habían cosas que valían la pena mostrar, que se puede hacer arte sin la parafernalia comunicacional y económica de las políticas gubernamentales de turno.


Lucía de la Maza, Benito Escobar, Flavia Radrigán, Mauricio Barría, Cristian Figueroa, Coca Duarte, Ana Lopez Montaner, Daniela Contreras Bocic, algunos de los tantos dramaturgos que dieron vida a los primeros encuentros del OFF entre el 2002 y 2007.


El ánimo festivo y lúdico con que asumimos el trabajo, tejió una red de colaboradores en torno al evento que convocó a colegas actores, directores teatrales, técnicos y periodistas y profesionales de diversos ámbitos del espectáculo dispuestos a ayudarnos, a tal punto que nos permitió tener la visibilidad mediática que ya se hubiera querido la Muestra oficial con todos los recursos que disponían para publicidad.


Lo que hoy es normal en las prácticas de gestión teatral de las nuevas generaciones, hace casi veinte años, no lo era. Hubo autoridades académicas y prestigiosos realizadores teatrales que se rieron de la iniciativa, augurando fracaso: “la muestra de los picados”, dijo alguien de los mismos que después participaron en uno de las siguientes versiones del Off. No obstante, como náufragos de una loca esperanza (parafraseando a Mnouchkine) llegamos al puerto del estreno y funciones a teatro lleno.

Después de ese suceso teatral, nada volvería a ser igual en el mundo escénico del país. Comenzaba un nuevo siglo, y con él, una nueva forma de practicar el oficio de la dramaturgia. Los dramaturgos habían salido de sus escritorios y se habían apoderado de un terreno que parecía inalcanzable: la producción y puesta en escena.



Desde ahí en adelante, hasta la muestra oficial cambió en sus versiones posteriores, adoptó prácticas que los dramaturgos del Off habían propuesto y/o realizado en un derroche de creatividad y nuevas perspectivas en sus cuatro versiones: talleres, charlas, lecturas dramatizadas, semimontajes, invitados especiales, itinerancias, temporadas, ediciones, etc.


Nuestro OFF instaló para quedarse en Chile, el concepto de OFF a los eventos paralelos a los oficiales, una premisa o perpectiva de hacer las cosas con la convicción de que en la historia de las artes, tener el respaldo y los recursos oficiales jamás ha garantizado la calidad ni la innovación, la creatividad desatada que generan unas nuevas miradas, estética y ética, sobre el escenario social.

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