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Mantener la esperanza sin agotarse en la espera

¿Cómo contarán estos días de confinamiento que nos trajo la pandemia aquellos que sobrevivan? ¿Qué nuevos rasgos de nosotros, que pasaban inadvertidos, habremos descubierto que sean dignos de contar? ¿Cuáles son los aspectos de nuestro entorno más cercano en los que posamos la mirada en estas tediosas horas de aislamiento? ¿Qué habremos aprendido en tantos meses esperando una ayuda, una cura, una solución por parte de los poderosos de turno?


En estas horas, la libertad de partir donde uno decida, parece un fantasma al que nos aferramos aguardando los besos y abrazos convertidos ahora en peligro sanitario. Los días se deslizan lentos y aparecen detalles que siempre estuvieron ante nuestros ojos, en esta especie de cárcel en que nos encontramos para sobrevivir y contarlo. “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”, afirma León Tolstói, pilar fundamental de la literatura mundial. Ojo que no usa el verbo describir, sino pintar. Aconseja pues, que ilustres con imágenes que se puedan ver, los pequeños rincones, los ritos y gestos cotidianos de las anónimas vidas de tu aldea (barrio, edificio, pueblo, población o como le quieras llamar al entorno que habitas cotidianamente).


Según el maestro, al hacerlo habrás retratado la humanidad, porque cuando uno se sumerge en las minucias de quienes conocemos profundamente, navegamos por el arrecife inmenso y paradójico de toda la condición humana. Grandes autores dramáticos, como por ejemplo García Lorca en la lengua hispana, lo han comprendido magistralmente: entrar en una de sus obras ambientadas en la provincia española, o leer unos versos de su Romancero Gitano es entrar en el alma hispánica, y además en las profundas contradicciones que a todos que nos pueblan.



Separaciones forzadas, conexiones a distancia, incertidumbre en el encierro, prolongados meses de confinamiento nos han devuelto al espacio privado de nuestras aldeas básicas, donde intersectan los pocos caminos que formamos entre familiares, amigos, contactos laborales y aquellos a quienes hemos arrimado a nuestro vecindario digital.


El firme continente social se nos fragmentó en un archipiélago de villorrios personales donde nos refugiamos en medio de la tormenta. Acostumbrados a satisfacer con la mayor inmediatez posible nuestros deseos, estar varados por una cuarentena nos dejará seguramente el relato de una agotadora espera. Las íntimas rebeldías ante el destino de los que ya no estarán, quizás sensaciones de culpa, de seguro anécdotas jocosas y también mucho desencanto por esas regulaciones de las autoridades, que a veces agravaron las circunstancias para satisfacer su mezquinos intereses, serán los variados pigmentos con los que este aislamiento será pintado a las generaciones futuras.


Como si fuera la memoria de aldeanos arrinconados por un largo invierno, quizás serán recordados estos días, como los personajes de “Chiloé cielos cubiertos”, obra insigne de María Asunción Requena (1915 - 1986), que cumple a cabalidad esta condición de retrato del mundo que aconsejaba Tolstoi.




Estrenada en 1972 con grandes elogios y premios, Chiloé, cielos cubiertos ha sido relegado injustamente al olvido del “pago de Chile”, al repertorio del teatro escolar y a la erudición de algunos expertos. La última representación meritoria data del año 1989, bajo la dirección del destacado director Nelson Brodt. De ahí en más, no tenemos registros de una puesta en escena profesional de la altura que requiere este texto que demanda un buen trabajo de ambientación, un variado elenco capaz de actuar, cantar y bailar y una dirección inteligente que sepa sortear esa mirada folklorista con que se suele leer esta obra. Requena no solo pinta las desventuras pueblerinas de una caleta chilota, en el abandono proverbial en que languidecen las provincias, sino que retrata con delicadeza poética la precariedad de la condición humana, como quien se para a solas ante el mar austral bajo las inmisericordes lluvias del invierno, como Rosario, la joven protagonista.


Los cielos de Curaco de Vélez inspiran la obra de Requena

Es así, empinados ante las olas, empapados por la tormenta y tiritando de frío y de amor, como una muchacha pueblerina ante un océano crispado por la tormenta, tan vasto como su futuro y sus pasiones es que se entiende este texto que, en la literatura dramática nacional, con la dignidad del silencio de las grandes creaciones, roza la perfección del género.


La "Suite Aysén" de Iván Barrientos, un clásico de la música chilena inspirado en la Patagonia que tanto evoca el texto de Requena.


El texto ofrece una locación muy precisa para la acción dramática: Curaco de Vélez, una caleta de pescadores en la Isla Quinchao, en el corazón del archipiélago de Chiloé. La época que la autora señala para los sucesos es “la actual”, es decir fines de los 60, comienzos de los 70, al empezar el invierno en aquellas latitudes. Quien haya transitado bajo la lluvia por sus calles terminando con un paseo por la Avenida del Mar, concluye que el texto ha cruzado la historia, la literatura y el tiempo con inmensa hidalguía. Las necesidades insulares de conexión con el continente, las demandas de atención al poder central, aunque con aires de modernidad tardía, siguen tan presentes como hace medio siglo atrás.


La escritora autoxiliada en Francia en 1973. (fotografía Archivo Familiar)

María Asunción Requena, con la prolijidad fina de su profesión (era odontóloga), y con el conocimiento profundo de haber vivido en el sur patagónico (vivió en Punta Arenas), no deja pasar detalle que nos haga ver el cosmos que configura con su pintura, desde el título en adelante. Chiloé, cielos cubiertos, como escueta e invariablemente se le ha indicado al archipiélago en los pronósticos del tiempo, nos instala de inmediato en una mítica dimensión espacio temporal, en otro de los Macondos nacionales abordados por los dramaturgos de su generación (como I. Aguirre, A. Acevedo Hernández, L. A. Heiremans).


Un Chiloé impreciso, esquivo en su ubicación y sus formas aparece entre nieblas, nubes y leyendas ante un país que mira siempre obnubilado las luces de la capital. Ya el título es una metáfora de lo que avizoramos en el mapa geográfico y en el mental, de lo que significa para los chilenos la isla de los brujos, mitos y fantasmas:


Chile va a ser siempre pa´ los de allá́. Chiloé́ está muy relejazo y pa' lo único que se acuerdan es pa' venir a comprar en el verano.”


Hay que destacar que el registro lingüístico que utiliza la autora, tan común ahora, pero avanzado para esos años, nos remite expresamente a la lengua popular chilota, con los ecos de su particular fonética. Este uso de una gramática de la periferia austral, rural y costera agiganta el trecho geográfico, social y simbólico de todos los núcleos de poder. La oralidad que retrata María Asunción Requena, con todos los giros, ambigüedades y significados locales, hace que los personajes nos lleven a un instante donde valoramos la estética del silencio, la quietud y el parsimonioso ritmo que la Provincia guarda como un tesoro ya perdido en las metrópolis.


Con integrantes del Taller de Teatro de la ESCIPOL (2006), durante un año trabajamos la puesta en escena de Chiloé, cielos cubiertos.


Un friso de nombres que, enumerados en una lista inicial sin mayor descripción, invita al lector a abordar una atenta lectura para ir descubriendo la psicología y la función estructural que cada personaje aporta en la estructura de la trama. Acá hay que destacar la inclusión de lo que la autora llama: “un coro de parejas que bailan y cantan”, lo que nos habla de su formación (estudió en España en su juventud), y que nos remite al teatro griego clásico en la misión que tiene este personaje colectivo al ir conectando las escenas.


Como en el teatro de Brecht, el texto instala un pedagogo escénico que va explicando situaciones y creando atmósferas necesarias para cada situación. Con textos de gran lirismo, de sensibilidad simple, pero no simplista, rescatando el imaginario poético chilote, hablando de sus necesidades y con su lenguaje, junto al coro vamos surcando la obra de manera atenta y amena:


Las mujeres se quedan los hombres parten

quisiera el pensamiento darles alcance.

Si no fueran tan pobres no se alejaran ¡cuánta esperanza abierta muere en la nada!

Galopando en el viento la fantasía por el mar, en su vuelo, lleva una niña.

El agua ha detenido su canto de ave y una historia de amor tiembla en el aire.


En el nivel del argumento, se muestran las incidencias de la espera diaria en que viven las mujeres, con la incertidumbre del regreso de hombres, hijos y esposos que han partido a la Patagonia en busca de la siempre esquiva fuente laboral. En este sentido, “Chiloé, Cielos cubiertos” funciona como una especie de “Esperando a Godot” (S. Beckett), colectivo y femenino, donde la ilusión de un futuro mejor se mantiene por la esperanza, pero que el presente agobia en la permanente espera.


Mientras esposas, amantes, madres e hijas aguardan por algunas noticias de sus hombres, los varones restantes se debaten ante la expectativa de un puente que conecte la isla con el continente y mejorar las condiciones económicas y sociales de la población. En medio de esto, transcurren los días de la joven Rosario, que a pesar de estar entregada por su madre para contraer un matrimonio de conveniencia, decide en medio de una tormenta embarcarse en un imposible viaje con su amado, un ser etéreo que nos lleva al epicentro de la narrativa mitológica de Chiloé, el Joven Naufragante, un tripulante del Caleuche. El drama de Rosario, está instalado en tanto es imposible amar un fantasma sin naufragar. Son esos cielos cubiertos, premonitorios de peligrosas borrascas, los que nos anuncian la tragedia doméstica, pero universal, de una mujer enfrentando el orden establecido para su destino.


Con una declaración que nos hace recordar los momentos lorquianos más altos, la muchacha le espeta a su madre ante la ruda decisión de ser desposada en contra de su voluntad: “En otras partes es uno quien decide. En todas partes...Y hay gente que está haciendo cosas. Como que vivir sirve para algo más que casarse y vivir resignada.” Bajo esta proclamación en que se asoman ecos de reivindicaciones sociales y de género contemporáneos a la autora, de verdad cabe preguntarse si es “uno quien decide”. Si existen esas “otras partes”, donde de verdad uno pueda ejercer el derecho soberano a elegir su destino o todo no es más que el espejismo de un buque sociopolítico manejado por fantasmas.


El Chiloé que se fue es el que nos quedó...

pareciera decirnos esta película de Caiozzi, que reconstruye un paisaje que no se comprende sin su arquitectura.


Chiloé, Cielos cubiertos, dibuja tan bien una aldea, que por ello retrata el mundo. El horizonte de sentido, el significado profundo del texto, configurado por las diversas dimensiones de lo humano, desde lo psicológico a lo social, de lo político a lo espiritual, se mantiene incólume en el tiempo. Casi una década más tarde de su estreno, en plena dictadura militar, la sensación que nos deja el cuadro final posterior al desenlace, que pudo ser una gran fiesta, pero que después del arcoíris no cambió la rutina de la eterna espera de los que sobrevivieron para contarlo, podemos resumirla en unos versos que hablan de lo que Chiloé seguía siendo para entonces:


“Todo se ha ido con el último vaivén de las mareas del lugar y nos quedamos a la orilla del mar viviendo de la soledad.”

(Islas del Sur, Nelson Schwenke)


50 años más tarde, en esta “Aldea global” en la que estamos viviendo la tormenta de una pandemia, de seguro que en aquel Curaco de Vélez, acostumbrado a la inclemencia de la naturaleza y a la indolencia de las autoridades, encontraremos más de una esperanza que nos identifique para ir pintando con los medios expresivos que cada uno tiene, el cuadro de su propia espera:


“El corazón de lluvia se va envolviendo,

silencioso y mojado llega el invierno.

Y en las noches tan largas tejen leyendas para que el tiempo pase y no se sienta.”


Quizás, para que el tiempo pase y no se sienta, para que la espera sea leve y la esperanza nos inunde, quizás estos tiempos sean oportunidad para imitar aquellos personajes y sembrar la cooperación entre quienes nos rodean, descubrir la otredad del que habita la puerta cercana y compartir el poco pan y el último vino que nos queda, como si fuéramos vecinos en una precaria caleta, hermanados bajo los cielos cubiertos del peor vendaval que recuerdan.


BONUS TRACK

Si quieres leer el texto Chiloé, cielos cubiertos, descárgalo pinchando AQUÍ


Artículo escrito para La Gata de Colette, revista de divulgación literaria.


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